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miércoles, 9 de junio de 2010

ana bolena, segunda parte

Cuando Ana Bolena llegó a la corte, la primera esposa de Enrique, Catalina de Aragón, era popular a pesar de no participar en política ni en la vida de la corte durante algún tiempo. Todos los hijos que tuvo con Enrique habían muerto jóvenes y el Rey estaba preocupado por tener un varón heredero de su trono a fin de conservar la monarquía y evitar la guerra civil.

Ana se resistió a sus intentos de seducción y se negó a convertirse en su amante. Rechazó las propuestas iniciales del Rey diciendo, “suplico a su alteza muy seriamente que desista, y a esta mi respuesta en buena parte. Prefiero perder la vida que la honestidad.”El Rey se sintió más atraído aún tras esta negativa y la persiguió incesantemente, incluso después de que ella abandonara la corte para volver a Kent. Los historiadores están divididos sobre los motivos de Ana para rechazar a Enrique —unos dicen que era virtud y otros que ambición. Al final él le propuso matrimonio y ella aceptó. Sin embargo, decidió no acostarse con él antes de casarse, puesto que la relación prematrimonial significaba que si tenían un hijo, éste sería ilegítimo. A menudo se piensa que el capricho de Enrique por ella fue una forma de anular su matrimonio, mientras que hay pruebas fiables de que Enrique tomó la decisión de acabar con su matrimonio con la reina Catalina, porque ésta no le había dado un heredero; los dos puntos de vista no son excluyentes. Enrique y sus ministros solicitaron una anulación a la Santa Sede en 1527.
La conferencia de Calais fue un triunfo político, ya que el gobierno francés finalmente dio su apoyo al nuevo matrimonio de Enrique. Inmediatamente después de volver a Dover en Inglaterra, Enrique y Ana celebraron una ceremonia matrimonial en secreto. Ella quedó embarazada en unos meses y, como era costumbre en la realeza, hubo una segunda ceremonia matrimonial, que tuvo lugar en Londres el 25 de enero de 1533.
Desafiando al Papa, Cranmer declaró que la Iglesia de Inglaterra estaba bajo el control de Enrique, no de Roma. Esta fue la famosa «Rotura con Roma», que señaló el final de la historia de Inglaterra como un país Católico. Pocas personas fueron conscientes del significado por entonces, y menos aún estuvieron preparados para defender la autoridad del Papa. La reina Ana estaba encantada con este desarrollo —aunque retuviera las apariencias, con atavíos católicos (el rey no habría permitido ninguna otra opción), ella creía que el Papado era una influencia de corrupción en el cristianismo. Sus tendencias católicas residuales pueden ser vistas en la ostentosa devoción a la Virgen María en el despliegue de su coronación.

Después de su coronación, Ana se asentó en una rutina tranquila para prepararse para el nacimiento de su hija. Se sintió profundamente afligida cuando Enrique se encaprichó con una dama de la corte, que provocó su primer enfrentamiento serio. El asunto fue breve, ya que Enrique quiso que nada pusiera en peligro el embarazo de su esposa. La hija de Enrique y Ana nació algo prematuramente el 7 de septiembre de 1533, en el palacio favorito del rey, el palacio de Placentia. Bautizaron a su hija con el nombre de Isabel, en honor a la madre de Enrique, Isabel de York. Le dieron un bautizo espléndido, pero Ana temió que la hija de Catalina, María, amenazara la posición de Isabel. Enrique calmó los temores de su esposa separando a María de sus muchos sirvientes y enviándola a Hatfield House, donde la princesa Isabel vivía con su propia magnífica plantilla personal de criados.Como reina, presidió una corte magnífica. En el siglo XVI se esperaba de las Familias Reales que fueran extravagantes, a fin de comunicar la fuerza de la monarquía. Ana gastó sumas enormes en vestidos, joyas, tocados, abanicos de pluma de avestruz, equipamiento de montura, y la tapicería y mobiliario más fino procedente de todo el mundo. Numerosos palacios fueron renovados para satisfacer sus gustos extravagantes.

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